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A mí me encantan las inscripciones en las guardas y las notas en los márgenes: me gusta el sentimiento de camaradería que suscita el volver páginas que algún otro ha pasado antes, así como leer los pasajes acerca de los que otro, fallecido tal vez hace mucho, llama mi atención.
— Helene Hanff. 84, Charing Cross Road.
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Una casa que deja de ser habitada, una banca abandonada en medio de motores chirriantes, prendas apolilladas en las repisas de un closet, libros repletos de polvo y amontonados en un estante. Reminiscencias que coartan el paso del olvido por la mente frágil, recuerdos que alimentan la nostalgia y la permanencia de un pasado que hoy yace, como una imagen gastada, dentro de un cajón.
No solía pensar en mi relación con las cosas, nunca cuestioné el hecho de guardar mi prenda favorita de adolescencia, el llorar por una casa que había llamado hogar, ni tampoco el iniciar una colección absurda de libros que he leído hasta la mitad. Diría que son costumbres aprendidas de una madre acumuladora, y no mentiría, pero creo que esta relación –mi relación– va mucho más allá del gesto de guardar por precaución. Tiene que ver con un ejercicio de memoria, de encapsular momentos por medio de objetos representativos, de marcar el paso de nuestra propia existencia en los espacios y cosas que nos rodean. Bajo esta lógica, a lo largo del tiempo y de manera inconsciente, he convertido mis cajones, repisas y cajas viejas de zapatos en pequeños museos privados, en gabinetes de curiosidades que almacenan mi existencia. Objetos que, en un gesto perecquiano, enlisté y resumí en cartas, exámenes médicos, papeles rayados, boletos de avión, diversos tickets de entrada, afiches de películas, revistas viejas, recortes de diario, casetes, DVDs, juegos de mesa incompletos, medallas, monedas, collares, poleras, un poncho de mi abuela, dientes y un bigote de mi perro, libros viejos, libros manchados, rayados y libros prestados, entre otras cosas –inútiles– que me sensibilizan.
No tengo un propósito único en la acción de acumular, tampoco un criterio fijo a la hora de guardar objetos inertes. Creo que el ejercicio de coleccionar cosas personales, como ya mencioné, es un acto de rememorar, pero también de recalcar la pertenencia a los recuerdos –a tus recuerdos— del pasado y del presente. Un ejercicio de guardar, acumular, sacar fotografías, coleccionar y escribir que nos recuerda el estado vigente de las cosas.