<aside>
Para mí, ser escritor es descubrir, luchando pacientemente durante años, la segunda persona que se esconde en el interior de uno y el universo que convierte a esa persona en lo que es. Y cuando me refiero a la escritura lo primero que se me viene a la mente no es la novela, la poesía ni la tradición literaria, sino alguien encerrado en una habitación y sentado a una mesa que se vuelve sobre sí mismo a solas y gracias a eso forja con palabras un nuevo mundo.
— Orhan Pamuk. La maleta de mi padre.
</aside>
Cuando recién empecé la carrera de Literatura apenas sabía lo que significaba esta palabra. Uno de los primeros ensayos que tuve que escribir me lo confirma. “¿Qué es la literatura?” era la pregunta. A duras penas, en ese entonces concluí que la literatura no podría definirse por su forma, sino por el sentir que evoca. Sin saberlo, estaba dando en el clavo de mis gustos literarios. Me encuentro, a mis veintitrés años, aún gravitando hacia obras que me hagan sentir. Lo que sea. Alguna muestra de que estoy viva, de que habito el presente y reacciono ante él. Pero conciliar qué significa estar vivo resulta tan difícil como responder a ese primer ensayo. Quizás es así, precisamente, debido a esa conexión intrínseca entre realidad y ficción. Por esos límites que tanto me gusta encontrar transgredidos en la literatura. Es esta mi primera preferencia lectora.
La segunda es más tímida; para encontrarla tuve que incursionar en un viaje introspectivo. Ejercitar un “me acuerdo”, como también debí trabajar en primer año de carrera, como Joe Brainard, como Georges Perec. Así me di cuenta de que mis primeros recuerdos son cobijados no por una acción, sino por un lugar: la Casa Blanco con Rojo. Me acuerdo de usar el pasillo para desfilarle a mi madre. Me acuerdo de jugar en mi casita de muñecas heredada de mi prima. Me acuerdo de caer al piso desde la litera en donde dormíamos con mi hermano y despertar confundida en el hospital. Me acuerdo de la plaza, del negocio de la esquina, del vecino de enfrente, del cerro de atrás. Me acuerdo de estos lugares y objetos y pronto veo mi infancia como una colección de aquellos. Una colección privada, íntima y modesta que me revela quién soy cuando menos me conozco. Encerrada en mi habitación, rememorando las cosas quietas que le dan vida a mi pasado, es cuando por fin me encuentro. Es esta mi segunda preferencia lectora.